16 de julio de 2004

¿Transición?

Hace unos días Ll, que es una compañera de trabajo, además de ser argentina (por cierto, se han dado cuenta que México se está llenando otra vez de argentinos. Les pegó duro la crisis como para preferir México que está tan mal) me decia "por qué critican tanto a su Presidente, es un gobierno de transición". A este desfiguro me limité a contestar "sí, pero de transición a ningún lado". Entiendo que para un argentino sea difícil entender el momento histórico que atraviesa México. Más si consideramos su historia reciente, desde Videla y la guerra de las Malvinas hasta Krichner, pasando por Ménem. Pero el caso mexicano es sui generis en comparación con el resto de las naciones de América Latina.
 
A pesar de todo me quedé pensando en lo que realmente sucede con este país. El señor Fox, expresidente en funciones dice Julio Hernández, es francamente inepto para el cargo, ha sido incapaz en tres años de mandato de establecer algún rumbo claro para plantear alternativas de solución a los grandes problemas nacionales.  Vaya, ha sido incapaz de establecer un rumbo claro a la política de este país (exceptuando por supuesto al rumbo económico, que no ha cambiado desde 1986 y que es francamente neoliberal).
 
Sin embargo no creo que ese sea el problema. El verdadero problema es estructural. Las estructuras políticas del Estado están pensadas para otra época y para otro tipo de gobierno. Durante 70 años hubo un centro de poder indiscutible que tomaba todas las decisiones y además no tenía más límite que el tiempo: Seis años. Esa figura, por supuesto, era el Presidente de la República. Ahora bien, para disfrazar un poco este poder cuasi absoluto se dejó, de jure, a manos del Congreso las decisiones fundamentales. Claro está que el Congreso sólo aprobaba o decidía aquello que el Presidente le indicaba. Así todos contentos.  Sin embargo está situación dejó al país en un absurdo político: una República presidencialista en donde las decisiones fundamentales las toma el poder legislativo.
 
Comenzó a resquebrajarse el sistema en 1997, cuando aún era Presidente Ernesto Zedillo (por cierto, entonces yo pensaba que no era posible mayor incapacidad en un Presidente hasta que llegó Vicente Fox). Ese año la oposición alcanzó mayoría en la cámara baja y obligó al ejecutivo a desarrollar un intenso trabajo de negociación (que antes por supuesto no era necesario). El momento cúspide de ese período fue el discurso de respuesta al informe de gobierno que dio Porfirio Muñoz Ledo (entonces perredista) a Ernesto Zedillo, en el que, parafraseando al subcomandante Marcos, le espetó un "mandar obedeciendo".
 
Hoy, siete años después, estamos en el absurdo extremo de aquel escenario. El Congreso de la Unión está imposibilitado de tomar una decisión trascendente. Por eso sólo legisla leyecitas. El ejecutivo tiene cero capacidad de negociación. Y los cambios estructurales necesarios no se darán en los tres años siguientes.
 
Ahora bien, cuales son las perspectivas para el 2006. Pues simplemente no hay, pues los que tienen oportunidad (hoy, pues cambian las opciones de manera vertiginosa), que son Martha Sahagún (aunque se descarte, ya reaparecerá), Santiago Creel, Roberto Madrazo y Andrés Manuel López Obrador (si es que sobrevive a la andanada que le están acomodando), no tienen entre sus prioridades impulsar los cambios estructurales que necesitamos. Me aventuro a decir que hoy lo que hace falta es un nuevo constituyente, que modifique profundamente la relación entre los poderes y los órdenes de gobierno, es decir un nuevo pacto federal. Pero ninguno de los mencionados o de los 20 ó 30 que no mencioné considera siquiera plantear pequeños cambios.
 
Es decir, ni siquiera nos queda la esperanza.
 
Adiós

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